Queridos amigos del sanatorio Mater Dei:

Hay una pregunta que es muy frecuente, que surge siempre de nuevo, que nos desafía, que nos grita en el pecho muchas veces y esa es la pregunta sobre el dolor y el sentido del sufrimiento. Compartimos unas palabras del Padre José Kentenich, quien en su vida llena de dolores y sufrimientos, nos mostró también una vida plena de alegría, justamente en el dolor.

“¿Cuál es el sentido del dolor? ¿Cómo responde la fe esta pregunta? Retomando lo que ya hemos dicho con frecuencia sobre nuestro dolor como participación del dolor de Cristo, ¿Cuál es el sentido de mi dolor?, ¿cuál es el sentido de mi vida? Es el misterioso grado de mi participación en la gloria de Cristo por toda la eternidad. Escuchemos bien esto y volvamos a meditarlo. Lo que me dice la fe es nuevamente un misterio. Nunca dejaré de repetir que incluso la fe sólo puede esclarecer algo el misterio de la cruz. Si ella me está señalando un mundo de nuevos misterios, ¿cómo vamos a poder entender el dolor sin una actitud de fe?

¿Cuál es, entonces, el sentido de mi vida? Un misterioso grado de participación de la gloria de Cristo por toda la eternidad. ¿Y qué supone esto? ¿No tuvo que sufrir Cristo para entrar en su gloria? (Lc.24,26). Por lo tanto, el sentido de mi vida es también un misterioso grado de participación de la vida de dolor y de la muerte de Cristo aquí en la tierra. ¿Captamos el claro-oscuro, las sombras y la luz que envuelven estos pensamientos?

Por otra parte, aunque tenga fe, no sé en qué grado participaré de la vida gloriosa de Cristo por toda la eternidad. Sin esperanza en el futuro, sin una orientación hacia el cielo es imposible que solucione el problema del dolor. Y porque no sé en qué grado podré participar de la vida gloriosa de Cristo, permanece prácticamente oculto en qué grado deberé participar aquí de la vida dolorosa de Cristo, para participar, por último, de modo correspondiente de su vida gloriosa. Sin embargo ¡demos gracias a Dios! No tendré claridad total sobre la magnitud de mi dolor y la diferencia entre mi dolor y el cáliz de sufrimiento que deberán beber los otros; pero tendré la suficiente claridad como para comprender para qué tengo que sufrir. La respuesta concreta a esto es que estoy llamado a participar en la pasión de Cristo; el grado de esa participación me lo señala Dios a través de las circunstancias. Así puedo intuir, en cierta forma, en qué grado podré participar un día de la vida gloriosa de Cristo.” (Milwakee,1 de abril de 1962).

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