Noticias/Novedades

Mes de María

¿Qué significa celebrar el Mes de María?

El Mes de María es una devoción tradicional en la que los fieles ofrecen diariamente a la Virgen una flor espiritual, en relación al despertar de la primavera y de la vida que se nos regala en este tiempo.

En el hemisferio sur, como es el caso de Argentina, lo celebramos en el mes de noviembre. Comienza el día 7, con la fiesta de ‘María, Medianera de todas las gracias’. Este mes nos prepara especialmente para la vivencia del Adviento y el Nacimiento del Niño Jesús, dejándonos al portal de la celebración de la Inmaculada Concepción; en las vísperas de esta solemnidad, concluye el mes de María, el 7 de diciembre.

La propuesta es ofrecer cada día a la Virgen una flor espiritual, es decir, una intención, un sacrificio, algo que nos ayude a prepararnos para la celebración en familia de la Navidad.

Es costumbre que las familias preparen un lugar especial en la casa para la Virgen, por ejemplo, un pequeño altar, un mantel, una velita o un florero.

Algunas familias rezan el Rosario o una oración especial ante su imagen, entregándole el regalo de la flor de ese día. En algunos lugares, varias familias se reúnen en una procesión con alguna imagen de la Virgen adornada con flores, recorriendo sus hogares.

En el Sanatorio la Virgen, Mater Dei, está presente en cada rincón. El rostro de nuestra Casa es su imagen con los brazos abiertos. Si la tenemos presente especialmente en este mes, podemos saludarla allí donde nos sale al encuentro, regalándole una mirada, una palabra, una oración.

La vinculación mariana es el cultivo de una relación permanente y cargada de afecto con la Virgen, personal y comunitariamente.

Esto presupone el conocimiento profundo y claro de su posición en la historia de la salvación, tal como nos lo enseña la Escritura y el Magisterio de la Iglesia. Pero sobre todo implica el contacto vital con María, expresado en la oración hecha diálogo filial, en la entrega confiada, en la disposición para colaborar instrumentalmente con ella en la construcción del Reino del Padre.

Tal contacto es posible porque María es una persona real, con quien se puede anudar vínculos personales hondos; ella es alguien continuamente presente, que ofrece su amor e invita a la Alianza. Pues “aun habiendo sido asunta al Cielo, sigue cercanísima a los fieles que le suplican, incluso a aquellos que ignoran que son hijos suyos” (Marialis Cultus, n° 56).

(…) El núcleo vital de esta vinculación es el amor, única realidad capaz de otorgarle intimidad y consistencia. Y el amor posee en sí mismo una fuerza unitiva. Quienes se aman, tienden espontáneamente a estar juntos, a conocerse en profundidad, a confiarse la intimidad, a compartir dolores y alegrías. El amor impulsa a la integración de las personas. No se conforma con un contacto vago y esporádico. El amor crea una comunidad donde se vive con el otro, en el otro y para el otro.[1]

 

[1] María y Nosotros, Ángel L. Strada, Claretiana, Buenos Aires, 1980, págs. 227-228