Noticias/Novedades

14 de Diciembre de 2017

“Gloria a Dios en el Cielo… Y en la tierra paz a los hombres”

DIOS “envió su Palabra a los israelitas, anunciándoles la Buena Noticia de la Paz por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos” (Hech 10,36). Así explicaba san Pedro al centurión Cornelio (comandante de una tropa de cien hombres, del ejército romano), el motivo por el cual Dios se hizo Hombre: Traernos la Paz.

Es lo que cantaron los ángeles en la Noche Buena del Nacimiento (Lc 2,14). Son también las primeras palabras con que Jesús, apenas resucitado, quiso saludar a los apóstoles: “La Paz esté con ustedes” y que, ante la alegría y el desconcierto de ellos, repitió: “La Paz esté con ustedes!” (Jn 20,19 y 21).

Toda la Biblia está atravesada por esta palabra. Todo lo que Dios ha querido decir a los hombres, sobre Sí mismo y sobre Sus designios para con la humanidad, que alcanza su culmen cuando la Palabra se hace carne, tiene como finalidad instaurar la Paz. Una Paz que, como bien lo expresa la palabra hebrea shalom, es mucho más que la mera ausencia de conflictos o una armonía consensuada entre los hombres. Ella es un don de Dios, es la vida misma de Dios, que Él quiere participar a los hombres.

La Paz es, entonces, “plenitud de vida”, “vida en abundancia” (Jn 10,10). Por eso está siempre vinculada a todos ámbitos de la vida humana: la Paz y la justicia, la Paz y el amor, la Paz y la alegría, la Paz y la misericordia, la Paz y el perdón, la Paz entre los hombres, la Paz del hombre consigo mismo, la Paz incluso en su sentido más psicológico: la Paz interior, y la Paz con Dios.

Dios ha dado al hombre una inteligencia capaz de conocerlo y un corazón capaz de amarlo. Como Él es el Ser supremo, el “objeto” más alto, el más perfecto que pueda pensarse y amarse, decimos que en el conocer y amar a Dios ejercita el hombre al máximo su capacidad intelectual y su capacidad de amar. Todos los demás conocimientos son siempre parciales, imperfectos e inquietan al hombre en una constante carrera por conocer más, y más, y más. Todos los demás amores son siempre limitados, frágiles y jamás llegarán a saciar nuestra (infinita) capacidad de amar. Porque, “nos hiciste, Señor, para Ti, e inquieto estará siempre nuestro corazón hasta que repose en Ti”, enseña maravillosamente San Agustín. Sólo en Dios puede el hombre (puede cada uno de nosotros) encontrar una Paz estable y duradera – reposar – descansar, intelectual y afectivamente y sólo a partir de Él puede, además, ser instrumento que difunda la verdadera Paz, estable y duradera, en su entorno.

Así es “glorificado Dios” – así le damos “gloria”: siendo lo que Él quiere que seamos – y sólo así puede reinar la Paz entre los hombres. Que la celebración de la Navidad pueda mostrarnos una vez más dónde está el manantial inagotable, siempre vivo, cercano y amable de la Paz: “en un Niño recién nacido y recostado en un pesebre” (Lc 2,12). Y que, acercándonos a Él, reconquistemos la Paz interior y seamos constructores de esa Paz entre nosotros.