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"Vale toda vida"

Mientras pensaba estas líneas estábamos, en la Iglesia, rezando la Novena al Espíritu Santo, preparando Su fiesta, que celebramos el 20 de Mayo. Y lo hacíamos con un Himno escrito alrededor del año 800 por un monje benedictino – Rahbanus Maurus -, en su convento de Fulda (Alemania), desde donde rápidamente se difundió por toda la Iglesia y que comienza con las palabras: “Veni, creator Spiritus…” – “Ven, Espíritu creador…” En esos días rezamos también, a pedido de los Obispos argentinos, una hermosa “Oración por la vida”, del Papa Juan Pablo II, en pleno debate parlamentario por una posible ley para la despenalización del aborto en nuestro País.

El Espíritu Santo viene invocado ante todo, como “Creador”. Este es Su primer nombre y el más importante. Ya en la primera página de la Biblia, en el relato de la Creación, se lee: “al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era algo caótico y vacío… y el soplo de Dios se cernía sobre las aguas” (Gen 1,2). Y por la fuerza de ese Espíritu “fue la luz” (v.3) y después todo lo que comenzó a existir. El Espíritu de Dios va dando forma al caos inicial de las fuerzas y los elementos y crea la armonía del cosmos. El Salmo 104 alaba esta obra del Espíritu con las palabras: “¡Qué variadas son tus obras, Señor! Todo lo hiciste con sabiduría, la tierra está llena de tus creaturas”… “Tu envías tu aliento – tu Espíritu – y todo es creado, y renuevas la faz de la tierra”.

El Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, es quien crea la vida, toda vida, todo lo que es, todo lo que existe. No debería el hombre, con las sofisticadas técnicas de manipulación genética que ha alcanzado o con procedimientos más rudimentarios, pretender apoderarse de esta prerrogativa divina, intentando dominar “el milagro de la vida” o manejarlo a su antojo. Aunque el hombre siempre encuentra “justificaciones” para sus antojos, aun los más atrevidamente antinaturales o carentes de toda ética… No todo lo que se puede está permitido, y esto, no en orden a mantener un presunto “mito” o vaya a saber qué postulado religioso, sino para salvaguardar la dignidad de la vida, el “misterio de la vida”, que supera a los hombres y que no está a disposición suya. No debería el hombre – aunque tuviera los medios para hacerlo – intentar desbaratar un orden querido y creado por Dios, el orden de la naturaleza.  Las consecuencias pueden llegar a ser horribles. Solemos decir, con razón: “La naturaleza es sabia”, más sabia que toda humana sabiduría.

Por amor a la vida, porque “vale toda vida” – y la del hombre infinitamente más que la de cualquier querida mascota! – necesitamos volver a aprender el respeto por la vida como don y rescatar el asombro y la admiración por la obra creadora de Dios, que nos sobrepasa. El pensamiento tecnocrático que todo lo quiere explotar, dominar y aprovechar para conseguir los más variados y no siempre legítimos fines, es mortal para la humanidad. La humildad de las creaturas ante el Creador no es comodidad, no es renunciar al progreso, a la libertad de pensamiento o a la investigación científica, es simplemente “ubicarnos” en nuestro debido lugar. O, dicho más directamente, no jugar el rol de pequeños “dioses”. “Ubicarnos” en la coordenada “creatura-Creador” no nos anula, sino que nos hace participar de una plenitud mayor a la que pretendemos conseguir con nuestras solas ideas y argumentos. Dice Jesús: “De qué sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida” (Mt 16,26), si se la va la vida, si ella termina en un callejón sin salida, por haber seguido solamente criterios y metas que, lejos de Dios (la Inteligencia creadora de nuestra inteligencia), conducen siempre a frustración y soledad.

El Espíritu de Dios, además de ser el creador de toda vida, es también “Espíritu vivificador”, es decir, es la Fuerza de Dios que acompaña la vida del hombre en su desarrollo hasta su plenitud, que florecerá y se manifestará definitivamente en la eternidad. Alcanzar esa plenitud es sólo posible si el hombre encuentra “el sentido” de su vida, es decir, la misión para la cual Dios la pensó y la creó. El Espíritu de Dios es el que “hace vivir” con una vida que es mucho más que la “de la carne” (Cfr Jn 6,63), llenándola de sentido. Por eso la necesidad del “nuevo nacimiento” del que habla Jesús. Después del biológico, es necesario renacer “del agua y del Espíritu para entrar en el Reino de los cielos” (Jn 3,5), es decir, en la dinámica de Dios creador y vivificador.  

“Vale toda vida”. Tal vez el único modo de afirmar auténticamente este lema para defender la “vida humana”, sea a partir del reconocimiento de Dios creador y vivificador. De otro modo, la vida – también la humana -  no sería más que un fenómeno que tiene la capacidad de nacer, crecer, reproducirse y morir. Y la vida humana es mucho más que esa pobreza: Ella es un misterio.