¿Crees que sos un don para muchos, incluso para muchos a quienes no conocés? En eso somos semejantes a Jesús: Él murió por todos, y abrió las puertas del cielo para todos.

Artículo Pastoral Mater Dei – Marzo 2017

Yo soy un don

“Querida Madre Teresa: Nos hablaron de usted en la clase de religión. Nos pusieron unas diapositivas para ver la miseria de la gente de Calcuta y lo que usted está llevando a cabo. Quedamos muy impresionados de su amor hacia las personas. Usted se preocupa de los que no tienen casa y cuida a los moribundos, dándoles esperanza y fortaleciendo su fe.

Usted nos ha demostrado que no son las riquezas lo que hace felices, sino el amor de Dios, de su hijo Jesús y de nuestros semejantes”.

Esta carta acompañaba un sobre con dinero que unos niños austríacos enviaron a la santa Madre Teresa de Calcuta; se trataba, nada más y nada menos, que de sus propios ahorros.

Ni católico, agnóstico, musulmán, judío, rico o pobre, pondrá en duda que la Madre Teresa es un símbolo del servicio. El trato que ella regaló a los más miserables y olvidados de la sociedad fue su gran manifiesto al mundo, como si nos desafiara: “¿Quién dijo que hoy Dios no está en el mundo? En ellos, yo veo y toco al mismo Jesús”. Jesús es el Don que Dios Padre nos regala.

Al iniciar la cuaresma, el Papa Francisco nos propuso un programa bajo el lema: “La palabra es un don. El otro es un don”. Y nos pone un ejemplo muy concreto que encontramos en el Evangelio, en Lucas 16, 19-31. Jesús relata una parábola con dos protagonistas: un rico y un pobre mendigo, a quien llama Lázaro. Él yacía a las puertas de la casa del rico, cubierto de lepra, de heridas, muerto de hambre, mientras el rico celebraba banquetes desproporcionados, sin ver al en el pobre Lázaro. Francisco nos da algunas claves para entender al otro como DON:

“Mientras que para el rico es como si fuera invisible, para nosotros es alguien conocido y casi familiar, tiene un rostro; y, como tal, es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios, aunque su condición concreta sea la de un desecho humano. Lázaro nos enseña que el otro es un don. La justa relación con las personas consiste en reconocer con gratitud su valor”[1].

Cuaresma es un camino. Es una ruta que nos lleva por múltiples paisajes y distintos climas. Pasamos por desierto, por llanura, por montañas y valles. Y en cada lugar encontramos “un otro”, un DON.Cuaresma es un camino que termina en las puertas del lugar “de la donación”: la Semana Santa, que pone en alto la cruz como símbolo del don del Amor por excelencia. Jesús, el Hijo del Padre, su Don de amor al mundo, no sólo se nos dona, sino que nos enseña a vernos a nosotros mismos como don, y por eso, a donarnos con Él.

En nuestro Sanatorio, el Don del Padre nos sale al encuentro de una y mil maneras: en nuestros colegas, en personas con las que compartimos el lugar de trabajo, en pacientes, en niños, en familias. Y corremos un riesgo enorme: el de “cosificar” personas y situaciones. ¡De cuántos dones de Dios podemos perdemos cada día! Y cuántas oportunidades desperdiciamos de ser nosotros mismos un don.El Padre Kentenich, el Padre de la Familia del Mater Dei, quiere abrirnos ampliamente la dimensión de esta donación mutua entre “el otro y yo”:

“… los hombres dependemos unos de otros también en lo referente a nuestra salvación. (…)en la historia de nuestra salvación no sólo dependemos de la actuación de Dios, de la actuación de la Madre de Dios, sino que también dependemos de nuestros semejantes.

Si me permiten expresarlo ingenuamente, imaginemos que el buen Dios nos llama a dar el paso hacia la eternidad; Dios nos ha admitido a la bienaventuranza, al cielo. Entonces vienen a nuestro encuentro alma tras alma, -así nos lo podemos imaginar- sin que las hayamos conocido. Allá arriba se inclinan ante nosotros, nos están agradecidas; por así decirlo, nos dan un apretón de manos. ¿Qué significa esto? ¡Nos deben la salvación a nosotros! Es un misterio estremecedor: de cómo participe en la vida doliente, despreciada y crucificada del Salvador, depende una ilimitada cadena de bendiciones para innumerables hombres[2]”.

¿Crees que sos un don para muchos, incluso para muchos a quienes no conocés? En eso somos semejantes a Jesús: Él murió por todos, y abrió las puertas del cielo para todos.

La blasfemia y herida que experimentamos el 8 de marzo nos sacudió a todos; muchos nos sentimos como si nos hubieran insultado, profanado, a nosotros mismos, incluso personas no católicas. No queremos ni podemos quedar ajenos a esto. Tampoco en medio de la Pascua. Si nos animamos a mirar al fondo de las cosas más crudas y horribles que nos puedan haber ocurrido, y las ponemos a la luz de Dios, se las entregamos, vamos a descubrir cuán cierta es esa afirmación de San Pablo que dice: “…sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman.”[3]El P. Bonnin, de Entre Ríos, nos da un ejemplo muy concreto de las consecuencias de la donación de Jesús por el mundo, y de cómo hasta el pecado puede convertirse en una fuente de vida nueva en nosotros, en una puerta hacia la Pascua. Él escribe a Marina, quien parodió a la Virgen María abortando:

“Marina, en la horrenda imagen que representaste y todo el mundo pudo ver, hay sangre. Sangre de la Madre, pero también del Hijo. La sangre se derrama en el momento de la muerte, pero es, además, símbolo de la vida.

Esa sangre que representaste con irónico desprecio es tu esperanza, nuestra esperanza. Porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Porque esa Sangre clama con más fuerza que la de Abel. Porque Jesús la derramó por tus pecados y los míos.

No conozco tu historia. Es posible que el amor verdadero y gratuito no haya visitado tu vida, es probable que no hayas podido experimentar aún la belleza del Rostro y del Amor de Jesús.Pero quiero que sepas que si por un momento abrís tu alma; si dejás de lado el orgullo, si reconocés humildemente tu pecado, si te arrepentís de corazón… la Sangre del Hijo de María puede renovarte y limpiarte.

Dejame decirte, además, que esa Mujer, de cuya maternidad juvenil nos vino la salvación y la vida, cuyo parto virginal es el inicio de la nueva Creación, te está esperando. Ella ya te ha perdonado. Hay un sitio para vos en su Regazo. Como para todos nosotros, que cada día la invocamos, diciendo: “ruega por nosotros, pecadores”.

Dejame decirte, por último, el secreto gigantesco que nos sostiene a todos los que amamos y defendemos a los no nacidos: LA VIDA VENCERÁ. Ni todo el odio del mundo, ni todas las astucias del mal, ni los poderes terrenos confabulados en su contra, podrán derrotarla. En realidad, LA VIDA YA HA VENCIDO. En la mañana del domingo, en la victoria Pascual, la Vida ha logrado el triunfo decisivo, que sólo espera manifestarse plenamente cuando venga Jesús por segunda vez.

Mientras tanto, los que amamos y defendemos la vida, seguiremos firmes en la brecha, aunque parezca que vamos perdiendo por goleada. Porque el Amor y la Esperanza nos sostiene. Porque la fe nos dice: ‘lo que hicieron con al más pequeño, lo hicieron conmigo’. Y porque Él prometió: ‘yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo’”.

[1] Mensaje del Papa Francisco para Cuaresma 2017

[2] Padre Kentenich, 1933

[3]Rom. 8, 28

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