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Como te ven, te tratan: editorial de las Hermanas de María de Schoenstatt




Los filósofos son personas que reflexionan sobre las realidades que les toca vivir. Se cuestionan a partir de fundamentos profundos de la naturaleza humana para encontrar respuestas que iluminen su postura ante las circunstancias del día a día.


Entre estos filósofos se encuentra uno no tan conocido en estas latitudes porque su origen es japonés. Su nombre es - Daisaku Ikeda, budista, fallecido el año pasado. Promotor de la paz y del diálogo, expresó entre otras cosas una frase para meditar porque esclarece una perspectiva interesante acerca de la dignidad de las personas: “La verdadera prueba de la dignidad humana consiste en mantener la dignidad de los demás."


Desde las distintas religiones, desde las disciplinas filosóficas y antropológicas, la naturaleza humana sigue siendo un signo de pregunta aún sin develar totalmente. De allí que desde distintos ángulos se continúe estudiando y reflexionando sobre el tema.


Desde nuestra filosofía institucional este pensamiento del escritor budista encuentra eco de aquello que planteara José Kentenich, para quien el respeto a la dignidad de toda persona, es expresión de la conciencia de la propia dignidad, reconociéndose como creatura a imagen de Dios, al igual que toda persona y, más aún, como hijo de Dios por medio del bautismo. Por eso es tan condicionante del respeto a la dignidad, el tener en claro la dignidad personal propia y la de los demás, porque revela posesión de sí mismo, autoconocimiento y madurez humana.


No por nada la conocida frase de “Como te ven te tratan. Si te ven mal, te maltratan”.  Es decir, no es que, si uno está mal anímicamente, se subestima, tiene complejo de inferioridad, los demás tienen derecho a maltratarlo, sino que esta actitud inclina a los demás a pasar por encima de la dignidad de la persona, que al final termina siendo objeto de manipulación.


La propia conciencia de la dignidad nace, no solo de una claridad intelectual, sino más aún de la experiencia en los primeros años de vida. Cuando los padres y educadores de los niños, a través de su trato y sus palabras, muestran respeto ante el niño y ante las demás personas, sin distinción de condición, sean personas humildes, enfermas, de capacidades diferentes, o cualquier otra manifestación diferente a lo común. Lo decisivo es el ser portador de la condición humana, único argumento suficiente para ser respetada.


Si esto fuera una conciencia global, no habría más guerras, ya que la paz global se construye no solamente mediante cambios estructurales en la sociedad, sino también a través de la transformación interior de los individuos.  Y aunque parezca utópico, la gran transformación humana de un solo individuo propiciará un cambio en el destino de una nación, y más aún, permitirá cambiar el destino de toda la humanidad.


A colaborar, entonces, cultivando el respeto a uno mismo, sin traicionar las propias convicciones, las amistades, los ideales y valores que alguna vez formaron parte del horizonte de nuestro sentido de la vida.


Las Hermanas

 

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