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La epidemia del solitarismo


Todos los días los medios de comunicación nos acercan las realidades globales, muchas de las cuales se relacionan directamente con el avasallamiento a la dignidad humana. Guerras, hechos de violencia, robos, defraudaciones, torturas, están a la orden del día, pero también maltrato psicológico de padres a hijos, entre la pareja, de docentes a alumnos, maltrato a los ancianos; discriminación social; son hechos todos que configuran la vulneración a la dignidad humana.


Mas allá de estos hechos reconocidos por la sociedad, se está infiltrando sin prisa, pero sin pausa una epidemia silenciosa que es tan letal como cualquier otra forma de avasallamiento a la dignidad de las personas. La epidemia del solitarismo, de la persona sola, en particular de la anciana, que por diversos motivos vive sin poder socializar con otras personas.  Sea por la lejanía de sus familiares, por indiferencia de quienes alguna vez conformaron su familia, o porque no tiene más familiares, sea por propia decisión, por temor a la inseguridad. Viven como islas en medio de la sociedad atravesada por el intercambio de las redes sociales.


Por qué el término solitarismo y no soledad. Porque la soledad es un concepto sano que nos ayuda a adentrarnos en nosotros mismos, a reflexionar sobre nuestra propia vida, nuestros planes, nuestro destino. Necesitamos espacios de soledad en nuestra vida. En cambio, el solitarismo consiste en una situación de sufrimiento, forzada por las circunstancias, de falta de cercanía de otras personas para intercambiar, para socializar.


La persona es un ser social por excelencia y cuando no puede realizar este diálogo con otros, se retrae, se vuelve arisca, muchas veces se deja estar, se abandona y no se preocupa por su alimentación, su aseo, su apariencia exterior, su salud.


El solitarismo constituye un atentado a la dignidad humana porque no se respeta esta necesidad inherente al ser humano de estar en contacto con otros, contacto que humaniza a la persona.

Recordemos que somos imágenes de un Dios que es familia: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que están en continuo dialogo de amor. Es el modelo que debemos seguir.


No es únicamente responsabilidad de las familias dar respuesta a esta situación. El Estado, en su deber de proteger la vida de los ciudadanos y velar por su bienestar debe hacerse cargo de esta necesidad, cuando no es posible resolverla por la propia familia.


Elaborar una política que contemple esta situación, sin esperar a que la situación llegue a ser crítica y haya que salir “a apagar incendios”, como ya ha sucedido en otros países. Ya que las estadísticas en nuestro país muestran que, mientras la perspectiva de vida va aumentando, van disminuyendo los nacimientos. Y también por la cultura del individualismo, donde cada uno se preocupa solo de si mismo sin atender a su entorno.


Personalmente también cada uno, en la sinceridad de su conciencia, debería pensar si no existe en su cercanía alguien que está padeciendo este solitarismo, y considerar las posibilidades para hacerle más leve su aislamiento. Cuánto bien puede hacer una visita a un enfermo crónico encamado, a un abuelo en la residencia de ancianos, una visita al departamento de esa antigua compañera de trabajo ya mayor que vive sola y no puede salir a la calle por sus propios medios.


Las Hermanas

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