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Ser digno de ser

Te invitamos a leer una reflexión de las Hermanas de María de Schoenstatt sobre este valor, tan importante y trascendente para todas las personas.



“Ser digno de ser” es el título de una película de la década de los ‘80 que muestra realidades humanas como la discriminación, la lucha por la vida, el heroísmo del amor de madre, la perseverancia por encontrar un lugar en la sociedad, la fidelidad del amor de hijo, entre otros temas; todos los cuales hacen referencia a la dignidad de la persona.


Y si hablamos de dignidad humana, debemos primero tener en claro cuál es el concepto que encierra este término. No se trata solo de argumentos para la defensa de los derechos humanos, -tema muy recurrente en nuestros días, en especial en nuestro país-sino que bajo “dignidad humana” hay contenidos muy profundos que hacen a la esencia de la persona.


En primer lugar, la dignidad humana es un dato antropológico inherente a la condición de persona que no depende de factores externos, sino que es intrínsecamente propia de los seres humanos, sea cual sea su condición física, psicológica, espiritual.


La clave de la excelencia humana que le confiere una inalienable dignidad es la presencia vitalizadora del espíritu: presencia que la ciencia no puede descubrir, aunque a menudo la entrevé, pero que aparece clara a la mirada filosófica carente de prejuicios.


Por eso, es solo en la cooperación entre la filosofía y las ciencias donde se puede advertir en toda su vigencia la condición de la dignidad de la persona. ¿Por qué? Porque el fundamento inmediato de la dignidad del hombre oscila en torno a lo que en él hay de espíritu; y esto sólo puede captarlo la mirada filosófica, metafísica. Pero esa grandeza alcanza hasta las dimensiones más ínfimas de su persona, también a las que son perceptibles para el científico en cuanto científico.


Es decir, es el espíritu el que hace del todo de la persona una realidad elevada, autárquica, íntima. El espíritu es lo más auténtico, la intimidad en la cual «se apoya» la persona íntegra. Y ese espíritu es dominio de la percepción tanto del filósofo como del científico, pero no en cuanto científico, sino como persona dotada, por lo tanto, de una metafísica espontánea. Pero también los componentes corpóreos participan de la dignidad humana, que se torna entonces perceptible para el científico como tal.


De esta condición surgen varias actitudes que se corresponden ante la dignidad de toda persona. Una de ellas es el respeto incondicional ante cada vida humana. No importa la edad, no depende de sus posibilidades de comunicación, no está condicionada por la lucidez de sus facultades psicológicas, no está determinada por un cierto comportamiento o a una postura ideológica, religiosa, política.


En lo más nuclear de la dignidad humana se esconde la idea original de Dios plasmada en cada persona y su destino de eternidad. Y es por eso que el trato digno a toda persona es una apelación a su condición de persona única, irrepetible, libre e hija de Dios.


Nuestra actitud ha de ser, entonces, de respeto ante la dignidad de cada persona: pacientes, familiares, integrantes del equipo de salud, visitas, en el ámbito laboral y por supuesto también en todo lugar donde estemos. Es nuestro sello Mater Dei.


Las Hermanas

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